Desde el epígrafe en el proemio, Alejandro Miravete traza un puente hacia la obra de Camila Sosa Villada, una autora que, en más de una ocasión ha recurrido a la luz como materia simbólica para esclarecer lo crudo de la divergencia. En obras como Las malas la luz diurna encarna el espacio de la normatividad donde cualquier (pr)esencia que le amenace debe ser replegada a lo nocturno. Ya sea en el retrato de travestis que brillan con luz propia, ya en la versificación del luminoso acto de dos hombres acechándose la piel (ambos eventos que toman lugar en un parque, por cierto), Sosa Villada y Miravete llegan a la misma conclusión: bajo el crisol inmenso de la noche habrá que construir una luz propia, una luz disruptora que sea capaz de transformar la alteridad en un astro acedo opuesto a la heteronormatividad del sol.
El de Miravete es un poemario solidario con las estrellas; replegado de fulgores, lenguas de fuego y peripecias nocturnas. Sin embargo, estos brillos alcanzan a escapar solamente gracias a la fractura de las gruesas capas de violencia, distancia y abandono que construyen la masculinidad tradicional. Al fin y al cabo, la poesía es, como dijo José Gorostiza, una búsqueda de esencias. La búsqueda sobre la que este poemario hecha luz es la de una masculinidad construida más allá del patriarcado.
Hace unos meses asistí —de manera virtual— a una conferencia de la antropóloga Rita Segato sobre la colonialidad, de tan rica exposición fue una frase la que permaneció dando vueltas en mi cabeza como si de la serpiente de los teléfonos Nokia se tratara: alguien tiene que decirles a los hombres que merecen sentirse bien, ellos solos no se van a dar cuenta. La frase, por supuesto, es todo menos una cita textual; al igual que la serpiente, ha mutado conforme engulle cantidad de pensamientos a su paso. Pero lo esencial permanece: es (o debería ser) parte (angular) de la agenda feminista crear narrativas que informen a los hombres que ellos también pueden alcanzar el bienestar y, sobre todo, que tras el velo de un efímero privilegio son ellos las principales víctimas del mandato patriarcal. Me parece que esas narrativas no pueden presentarse (solamente) a manera de panfletos que griten ¡Hombre, tú también puedes sentirte bien! Sino a través de obras como el bri(ll)oso poemario de Miravete donde el mensaje de amor se inmiscuya en las f(r)acturas cobradas por el consumo de arte. El autor lo dijo mejor que yo la mayor atrocidad / ocurre al mostrarlos / vulnerables.
Dijo Rita Segato en aquella conferencia: ¿por qué, sin explicación fisiológica alguna y en todas latitudes, los hombres mueren más jóvenes que las mujeres? Muy sencillo, porque la condición primordial para ser hombre, la clave para alcanzar la verdadera hombría, es la autodestrucción. El fulgurante poemario de Alejandro Miravete es un exponente del mismo fenómeno. Uno de los temas que subyacen a su versificación sobre el deseo y lo familiar es, sin duda, lo brutal de la exigencia de autodestrucción masculina. Digo yo: la exigencia es física, intelectual, emocional y sensual en partes iguales; dice Alejandro: Los hombres / son hombres / son hombres / son hombres / hasta que demuestren / ¿lo contrario?; vuelvo a decir yo: sigamos demostrando el brillo de lo contrario.
Carolina Cuevas
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